Colombia está viviendo una asfixia financiera, aunque no lo quieran llamar por su nombre.
Imagínense un hogar que pretende gastar más de lo que entra y pese a ello, cubrir el hueco o faltante. En economía eso se llama déficit fiscal; en la vida diaria, vivir al fiado. El problema es que el fiado del Estado no lo paga un solo hogar: lo pagamos todos.
En los últimos meses, el Gobierno del presidente Gustavo Petro pidió un préstamo cercano a los cinco mil millones de dólares, la emisión más grande de la historia del país. Se hizo en un contexto sin pandemia ni emergencia comparable, con tasas cercanas al 5,9 % en dólares y con deuda interna que ronda el 13 % en pesos. Para ponerlo en términos sencillos: es como decir que “ya no debo” porque cancelé una tarjeta de crédito al 6 %, pero lo hice con otra tarjeta de crédito sobre la que pagaré intereses de 13 %. ¿Pagó? Sí. ¿Fue inteligente? No. El contraste es inevitable.
Durante la pandemia, el gobierno de Iván Duque Márquez tomó un crédito con el Fondo Monetario Internacional a una tasa cercana al 2,3 %. En ese momento se le calificó de “irresponsable”. Hoy, sin una emergencia similar, se emiten deudas mucho más caras y se celebra como un gran logro. La pregunta no es ideológica, es responsable: ¿quién paga la diferencia? La respuesta es incómoda. Los próximos gobiernos deberán asumir más de $600 billones en pagos de deuda, y solo en los primeros meses del siguiente mandato habrá que cubrir más de $50 billones de pesos. Eso no es “herencia”; es una hipoteca al futuro.
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Cuando una familia firma una hipoteca sin ingresos suficientes, sabe que vendrán años de apretarse el cinturón y que probablemente perderán su propiedad; a ello inevitablemente están condenados. Con el Estado pasa igual, pasa lo mismo, solo que el cinturón lo ajustan millones de personas.
Algunos celebran que el dólar haya bajado. Pero confundir el precio del dólar con buena salud fiscal es como creer que el banco te quiere porque te ofrece otro cupo. La deuda en dólares y la deuda en pesos no son lo mismo, y ambas siguen siendo altas. Además, el Gobierno ha aumentado la deuda en más de $400 billones de pesos en tres años. Si la deuda sube, no hay ahorro real, por más discursos que se den; lo que están haciendo es sacrificar al país, y por supuesto a nosotros los colombianos.
A esto se suma un gasto público que no se ha recortado y un recaudo que se contrajo en términos reales; disminuyó. Es decir: entra menos plata y se gasta más. Para tapar el hueco, se recurre a más deudas y a impuestos cada vez más agresivos, como el impuesto al patrimonio elevado por decreto. También a procedimientos evidentemente inconstitucionales, como revivir normas por decreto que, habiendo estado en el pasado en la reforma tributaria, ya fueron declaradas inexequibles.
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El resultado es un círculo vicioso. Más deuda implica más intereses; más intereses dejan menos recursos para la inversión pública; menos inversión reduce el crecimiento; y un crecimiento débil obliga a seguir prestando y prestando dinero para poder sobrevivir: más deuda. Es “pan para hoy, hambre para mañana”. Los ganadores son quienes compran y revenden esa deuda a tasas atractivas. Los perdedores, todos los demás: empresas, ciudades y familias que terminan pagando créditos más caros porque la tasa del Gobierno es la referencia para toda la economía.
La paradoja final es comunicativa. Se habla de “confianza del mercado” cuando, en realidad, el mercado presta caro porque percibe riesgo; el riesgo país. Nadie le cobra 12 % a quien confía plenamente, y cuando se mezclan tasas en dólares con tasas en pesos para confundir, el problema ya no es técnico, es ético.
El primer paso para salir de esta asfixia no es otro préstamo ni otro decreto. Es decir la verdad: este gobierno derrochón, burocrático y corrupto de Gustavo Petro no quiere reducir los gastos ni ordenar las cuentas y, en cambio, pretende vender como virtudes decisiones que hipotecan el mañana.


