Elecciones 2026: de las redes al Capitolio, el auge de los influenciadores que convirtieron likes en votos

Elecciones 2026: los influenciadores que sí llegaron al Congreso y los que descubrieron que los seguidores no siempre se convierten en votos

La elección legislativa dejó una señal clara: las redes sociales ya no son solo una vitrina para opinar sobre política, sino una cantera real de candidaturas. Varios creadores de contenido, activistas digitales y figuras con comunidades propias lograron entrar al Senado y a la Cámara; otros, pese a su fama en internet, se quedaron por fuera.

Bogotá, 9 de marzo de 2026. Las elecciones legislativas del 8 de marzo confirmaron un cambio que venía creciendo desde hace varios años en Colombia: la política ya no solo se disputa en plazas, debates o tarimas, sino también en TikTok, YouTube, Instagram, X y Facebook. En 2026, varios aspirantes que construyeron primero una comunidad digital lograron dar el salto al Congreso, especialmente en listas que entendieron que el capital simbólico de las redes podía transformarse en votos. El fenómeno tuvo su mayor expresión en el Pacto Histórico, pero no fue exclusivo de ese sector, y dejó además un puñado amplio de derrotas entre influenciadores que no consiguieron traducir notoriedad en representación.

Las elecciones legislativas de este 8 de marzo dejaron una postal elocuente de la política colombiana: el Congreso que se instalará el 20 de julio tendrá entre sus nuevos integrantes a figuras que nacieron, crecieron o se consolidaron en redes sociales. El Senado y la Cámara recibieron a una nueva camada de dirigentes que entendieron antes que muchos partidos que hoy la disputa por la opinión pública también se libra en el celular.

La apuesta produjo resultados mixtos. El Pacto Histórico fue el partido que mejor capitalizó esa tendencia con su estrategia de listas cerradas. En el Senado entró Walter Rodríguez, “Wally”, ubicado en el puesto 6 de la lista; en la Cámara por Bogotá consiguieron curul Laura Daniela Beltrán, “Lalis”, y Daniel Mauricio Monroy; y en Antioquia también figuró el creador de contenido Hernán Muriel Pérez, “Cofradía para el cambio”. A ellos se sumó la sorpresiva elección de Luis Carlos Rúa Sánchez, “Elefante Blanco”, quien obtuvo la segunda mayor votación de la Alianza Verde al Senado, solo por detrás de J. P. Hernández, que repitió escaño.

La gran apuesta ganadora estuvo del lado de los perfiles que combinaron activismo digital, discurso político reconocible y ubicación favorable dentro de listas competitivas. En el Senado, uno de los casos más visibles fue el de Walter Rodríguez, conocido en redes como “Wally”, quien obtuvo curul por la lista cerrada del Pacto Histórico. Su nombre ya había tomado fuerza meses antes, cuando participó en la consulta interna de esa colectividad y alcanzó 137.821 votos, equivalentes al 5,89 % de la participación, resultado que lo ayudó a quedar en una posición con opción real de llegar al Capitolio.

Wally representa un tipo de influenciador político de confrontación directa. Su crecimiento se dio en plataformas digitales desde donde construyó una identidad marcada por la defensa del proyecto del presidente Gustavo Petro, por la intervención constante en coyunturas políticas y por un tono frontal que le dio visibilidad tanto entre simpatizantes como entre detractores. Antes que un creador de entretenimiento, su perfil es el de un activista digital con discurso ideológico definido, uno de esos casos en los que la audiencia no lo sigue por humor o estilo de vida, sino por opinión, militancia y controversia.

En la Cámara por Bogotá apareció otro nombre que sintetiza bien el cruce entre redes sociales y política electoral: Laura Daniela Beltrán, más conocida como “Lalis”. Fue elegida al estar ubicada en el segundo lugar de la lista cerrada del Pacto Histórico para la capital. Su perfil es el de una creadora de contenido e influenciadora de activismo político digital, con presencia reconocible en redes y un discurso alineado con causas del progresismo, especialmente en defensa del gobierno, participación ciudadana y movilización política juvenil. En la consulta previa del sector ya había demostrado capacidad de arrastre, al punto de quedar bien posicionada entre las figuras con más opciones de curul.

El caso de Lalis es relevante porque muestra una mutación en el papel de las mujeres influenciadoras dentro de la política digital. Su contenido no se limitó al comentario coyuntural: se movió también en la pedagogía política, la defensa de agendas progresistas y la capacidad de hablarle a una audiencia joven que consume información fuera de los formatos tradicionales. Su llegada a la Cámara sugiere que las redes ya no son solamente espacios para crear comunidad, sino también plataformas de formación de liderazgo electoral.

También por Bogotá fue elegido Daniel Mauricio Monroy, otro nombre impulsado por una fuerte actividad digital y por su activismo en defensa del Gobierno nacional. Monroy, cuarto en la lista cerrada del Pacto Histórico en la capital, se consolidó en los últimos años como una voz identificada con la narrativa oficialista en redes sociales. Su figura encaja menos en el molde del influenciador clásico y más en el del activista digital-politizado: alguien que construyó notoriedad a partir de la conversación pública constante, la defensa de una causa y la presencia repetida en el ecosistema de opinión en línea.

En Antioquia, el experimento también funcionó con Hernán Muriel Pérez, conocido como “Cofradía para el cambio”. Encabezó la lista cerrada del Pacto Histórico a la Cámara en ese departamento y venía de sacudir la consulta interna de la coalición, donde logró casi 40.000 votos, superando incluso a figuras con curul vigente. Su nombre se hizo conocido desde plataformas digitales en las que cultivó una comunidad alrededor de comentarios políticos, activismo de izquierda y mensajes de movilización ciudadana. El suyo es un perfil más orgánico y regional: un influenciador que no nació en la gran pantalla nacional, sino en la conversación digital antioqueña, desde donde logró escalar a la política formal.

La historia de Muriel ilustra otro rasgo del fenómeno de 2026: no todos los influenciadores que llegaron al Congreso provenían del entretenimiento o de nichos de celebridad. Algunos surgieron como comentaristas políticos regionales, otros como administradores de comunidades de opinión y otros como activistas que encontraron en las redes una forma de construir legitimidad fuera de los partidos tradicionales. Cofradía para el cambio pertenece a ese grupo: su marca digital no se apoyó en la vida personal ni en la farándula, sino en el activismo político permanente.

En el Senado, otro de los nombres más llamativos fue Luis Carlos Rúa Sánchez, “Elefante Blanco”, quien consiguió la segunda mayor votación de su lista en la Alianza por Colombia, solo por detrás de J. P. Hernández. Rúa se hizo ampliamente conocido por sus denuncias en redes sobre obras inconclusas, retrasos en infraestructura y presuntos casos de corrupción en proyectos públicos. Su identidad digital estuvo asociada durante años a un formato de veeduría ciudadana, seguimiento a contratos y exposición de proyectos estancados, lo que le dio una audiencia basada en la denuncia y el control social.

Entre los influenciadores elegidos, el perfil de Elefante Blanco es de los más singulares. No viene del humor, ni del entretenimiento, ni del activismo ideológico puro. Su fuerte ha sido la denuncia técnica y ciudadana, con una narrativa centrada en la infraestructura, el desperdicio de recursos y el seguimiento a obras que quedan a medio camino. Ese tono, a medio camino entre la auditoría pública y la denuncia viral, le permitió convertir una marca digital de nicho en una votación robusta para el Senado.

En esa misma conversación aparece J. P. Hernández, que no es un recién llegado, pero sí uno de los antecedentes más claros de este fenómeno. Jonathan Ferney Pulido Hernández, su nombre real, repitió curul y volvió a figurar como una referencia obligada cuando se habla del paso de las redes a la política. Se dio a conocer primero como youtuber y comentarista crítico de la política tradicional, y desde esa plataforma construyó una audiencia que luego se convirtió en votos. Su carrera muestra que la figura del influenciador político ya no es un experimento, sino un camino probado para llegar y mantenerse en el Congreso.

El mapa de los elegidos permite distinguir varios tipos de perfiles. Está el influenciador de activismo ideológico, como Wally y Lalis; el activista digital alineado con una causa o un gobierno, como Monroy; el creador político regional, como Cofradía para el cambio; y el veedor o denunciante ciudadano, como Elefante Blanco. J. P. Hernández, por su parte, representa el antecedente del youtuber opositor que profesionalizó su presencia política. Todos tienen en común que entendieron cómo convertir audiencia en identidad pública y esa identidad en opción electoral.

En ese panorama aparece también Daniel Briceño, aunque su caso corresponde a otra categoría. Más que influenciador en el sentido tradicional, Briceño es un político que hizo de las redes una tribuna de denuncia y visibilidad. Tras su paso por el Concejo de Bogotá, dio el salto a la Cámara de Representantes con una de las votaciones más altas en la capital, superior a los 261.000 sufragios, consolidando un perfil basado en control político, exposición pública y circulación digital de sus denuncias. Su caso dialoga con el fenómeno, pero no lo encabeza: pertenece más al modelo del dirigente que capitaliza redes que al del creador de contenido que migra a la política.

Sin embargo, la jornada no fue de victorias generalizadas para quienes venían de internet. La otra cara del fenómeno fue la lista de influenciadores que no lograron pasar al Congreso. Entre ellos estuvo Hannah Escobar, “Miss Melindres”, quien buscaba una curul en la Cámara por Antioquia; también Rawdy Reales Rois, “Dr. Rawdy”; Charles Figueroa, “Profe Charles”, ambos por Ahora Colombia; y Alejo Vergel y Beto Coral, vinculados al Frente Amplio. Sus casos recordaron que la exposición digital no reemplaza la estructura electoral ni garantiza traducción automática en votos.

A esa lista se sumó Felipe Saruma, uno de los nombres con mayor reconocimiento en redes entre los que aspiraban a la Cámara. Al cierre de los escrutinios reportados por prensa, su votación en Atlántico no fue suficiente para obtener escaño. Saruma consiguió 44.075 votos, equivalentes al 4,1 % de la votación de su lista, resultado que lo dejó en el cuarto lugar sin curul. El caso fue especialmente simbólico porque Saruma llegaba con millones de seguidores y con un nivel de notoriedad superior al de muchos políticos tradicionales en la región.

También quedó por fuera Edwin Javier Brito García, “Pechy Players”, quien aspiró al Senado y  obtuvo 22.305 votos, cifra insuficiente para alcanzar una curul. Su campaña fue una de las más comentadas entre las candidaturas de creadores de contenido por el contraste entre su lenguaje irreverente, su presencia fuerte en TikTok e Instagram y la dificultad para convertir esa visibilidad en una base electoral competitiva a escala nacional.

El contraste entre ganadores y derrotados deja una conclusión política poderosa. Las redes sí sirven para construir liderazgo, pero no todos los liderazgos digitales son iguales. Tuvieron mejores resultados quienes ya venían hablando de política, movilizando comunidades ideológicas, haciendo denuncia pública o formando audiencias con sentido cívico. En cambio, a varios perfiles más cercanos a la fama digital, el entretenimiento o la celebridad les costó más convertir la popularidad en respaldo electoral organizado.

Las elecciones de 2026 dejan así una fotografía precisa del nuevo Congreso: será un Capitolio con más voces nacidas en internet, más dirigentes formados en el lenguaje de la viralidad y más congresistas que entienden que hoy la representación también se juega en el ecosistema digital. Pero dejan, al mismo tiempo, una advertencia: los seguidores abren la puerta, no aseguran la entrada. En política, incluso en la era del algoritmo, la curul sigue dependiendo de algo más que la fama: depende de narrativa, organización, oportunidad y capacidad de transformar comunidad en voto efectivo.

Mientras varios creadores de contenido lograron curul, otros comprobaron que la popularidad digital no siempre se traduce en poder electoral.

El fenómeno no se explica solo por quienes se presentan abiertamente como influenciadores. También incluye a dirigentes que hicieron de las plataformas digitales su principal herramienta de posicionamiento. En esa categoría aparece Daniel Briceño, quien no llegó a la política desde el entretenimiento ni desde el activismo de nicho, sino desde una presencia constante en redes basada en denuncias, veeduría y confrontación pública. Ese tránsito digital terminó convertido en músculo electoral.

El exconcejal del Centro Democrático dio uno de los golpes más contundentes de la jornada. Tras un paso breve pero visible por el Concejo de Bogotá, Briceño saltó a la Cámara de Representantes y se convirtió en el candidato más votado de Bogotá para esa corporación. Según reportes publicados este 9 de marzo, alcanzó 261.036 votos con 99,59 % de mesas escrutadas, mientras otro balance de cierre de edición lo ubicó en 261.699 votos, una cifra descrita como comparable a la de un senador. En ambos casos, el dato confirma la magnitud de su victoria.

El número no es menor: habla de un crecimiento acelerado. En 2023, cuando aspiró por primera vez al Concejo de Bogotá, Briceño había obtenido 48.470 votos. Menos de tres años después, multiplicó varias veces ese caudal y pasó del cabildo distrital al Congreso, consolidando un perfil que combinó control político, denuncia pública y una comunicación diseñada para circular con velocidad en redes sociales.

Aun así, la jornada también mostró el límite de esa fórmula. No todos los nombres conocidos en redes lograron traducir su visibilidad en curules. Entre los aspirantes que se quedaron por fuera aparecen Hannah Escobar, “Miss Melindres”; Edwin Javier Brito García, “Pechy Player”; Rawdy Reales Rois, “Dr. Rawdy”; Charles Figueroa, “Profe Charles”; Alejo Vergel y “Beto” Coral. Al cierre de esa información, Felipe Saruma seguía sin curul confirmada en Atlántico, aunque con una posibilidad aún abierta por estrecho margen.