La Manuela: la finca de Pablo Escobar que pasó del mito del narcotráfico a un millonario activo del Estado ¿Quién es ahora su dueño?

Ubicada en un islote del embalse de Guatapé, la emblemática propiedad bautizada por Pablo Escobar en honor a su hija fue vendida por la Sociedad de Activos Especiales tras décadas de abandono, ruinas y disputas, cerrando un capítulo simbólico del legado del narcotráfico en Colombia.

La finca La Manuela, una de las propiedades más reconocidas que pertenecieron a Pablo Escobar, fue vendida mediante subasta pública por $7.700 millones de pesos, confirmó la Sociedad de Activos Especiales (SAE). El predio está ubicado en Guatapé, sobre un islote del embalse, y había despertado durante años el interés de inversionistas por su ubicación estratégica y su carga histórica.

La SAE informó que la venta hace parte de la política de recuperación de bienes del crimen organizado, orientada a transformar activos ilegales en recursos para el Estado. Aunque se oficializó el valor final alcanzado en la puja, no se reveló la identidad del comprador, práctica habitual en estos procesos.

Un proyecto inconcluso convertido en símbolo

La Manuela fue concebida a finales de los años ochenta como un complejo de lujo. La creencia popular sostiene que Escobar pretendía regalarla a su hija Manuela para sus 15 años, motivo por el cual la bautizó con su nombre. El proyecto nunca se inauguró. En su apogeo, el predio contaba con piscinas, pesebreras, amplias zonas sociales y una casa principal que reflejaban el exceso asociado al narcotráfico.

Con el paso del tiempo, y tras los golpes contra el cartel de Medellín, la finca quedó inconclusa y se convirtió en ruinas. Aun así, su tamaño y diseño siguieron alimentando el mito: se estima que el terreno tiene una extensión cercana a 15 hectáreas y una construcción de aproximadamente 8.000 metros cuadrados, hoy mayoritariamente deteriorada.

Dinamitada y abandonada

En 1993, poco antes de la muerte de Escobar, la finca fue dinamitada por el grupo Los Pepes, en medio de la ofensiva contra el capo. Desde entonces permaneció abandonada. Solo algunas estructuras —la cancha de fútbol, la casa del mayordomo y una edificación que llegó a funcionar como restaurante-bar— se conservaron en relativo buen estado.

Durante años, el lugar recibió turistas atraídos por el morbo histórico, interesados en conocer uno de los escenarios asociados al narcotráfico en Antioquia, aunque sin un uso formal ni una intervención integral.

Extinción de dominio y administración estatal

Tras la muerte del narcotraficante, el predio fue ocupado durante un tiempo por un antiguo empleado de la familia Escobar, con el aval de la esposa del capo. La situación se mantuvo hasta 2005, cuando una sentencia de extinción de dominio otorgó al Estado la propiedad total del inmueble. El desalojo definitivo se concretó varios años después, cerrando la etapa de ocupación informal.

Desde entonces, La Manuela quedó bajo administración estatal, a la espera de una decisión sobre su destino. La SAE evaluó distintos escenarios, en un contexto de interés creciente por proyectos turísticos en el área del embalse de Guatapé, uno de los destinos más visitados del oriente antioqueño.

La subasta y el nuevo destino

La subasta pública organizada por la SAE adjudicó la finca por $7.700 millones, recursos que ingresarán a las arcas del Estado. La entidad subrayó que la operación busca resignificar un símbolo del poder ilegal. “Se trata de convertir un símbolo del poder ilegal en un bien al servicio de la legalidad y del país”, señaló la SAE.

Aunque no se conocen los planes del comprador, la ubicación en un islote, el acceso por el embalse y el entorno natural convierten a La Manuela en un activo atractivo para desarrollos turísticos o de conservación, siempre bajo las normas ambientales y urbanísticas vigentes.

El último misterio de Pablo Escobar: la historia de Manuela, la hija invisible del capo

Image

 

Image

Pablo Escobar, el padre y el mito

Hablar de Pablo Escobar Gaviria es recorrer una de las historias más violentas y contradictorias del siglo XX en Colombia. Jefe del Cartel de Medellín, responsable de una guerra abierta contra el Estado, autor intelectual de atentados indiscriminados, asesinatos de jueces, policías, políticos y civiles, Escobar fue al mismo tiempo un hombre capaz de construir una narrativa íntima muy distinta puertas adentro.

Para el país, fue el símbolo del terror. Para su hija menor, Manuela, fue un padre omnipotente, protector y casi mágico. Esa doble condición —monstruo para la historia, héroe para su niña— es el punto de partida del drama que la acompañaría de por vida.

Pablo Escobar no solo acumuló poder y dinero: también edificó un universo paralelo para su familia, especialmente para Manuela, nacida en mayo de 1984, cuando el capo ya era una figura central del narcotráfico mundial.

Manuela, la princesa del narco

Desde su nacimiento, Manuela fue el centro emocional de Pablo Escobar. Quienes lo conocieron aseguran que nunca le negó un deseo, por imposible o absurdo que pareciera. Para ella, el capo no era un fugitivo ni un criminal: era un padre que cumplía milagros.

El episodio más conocido es el del unicornio. En uno de sus cumpleaños, la niña pidió uno. Para no decepcionarla, Escobar ordenó clavar un cuerno de toro en la cabeza de un caballo pura sangre. La criatura murió días después, infectada por la herida, pero Manuela había tenido su unicornio.

En otra ocasión, mientras se escondían en una de las guaridas, la niña tiritaba de frío. Escobar improvisó una hoguera con fajos de dólares: quemó cerca de dos millones de dólares para calentarla. Bajo su almohada, en lugar de monedas, aparecían gruesos paquetes de billetes como regalo del Ratón Pérez.

Para Manuela, la riqueza no tenía origen criminal. Su padre le explicaba que eran “mágicos”, que poseían un don que les permitía ganar millones como si fuera una lotería infinita.

Crecer huyendo: juegos entre helicópteros y escondites

La infancia de Manuela estuvo marcada por la huida constante. Para su mirada infantil, escapar era un juego emocionante. Helicópteros sobrevolando, carros arrancando a toda velocidad, hombres armados, nervios y gritos formaban parte de su cotidianidad.

En los escondites subterráneos y casas de seguridad, Escobar le pintaba bigotes de ratón en la cara y le contaba que ellos eran ratones, perseguidos por gatos. Había que despistarlos. Ella lo seguía de la mano, convencida de estar del lado correcto, segura de que los “buenos” siempre ganaban.

Ese mundo de fantasía se sostenía mientras su padre estuviera vivo.

El día que se acabó el país de las maravillas

El 2 de diciembre de 1993 marcó el quiebre definitivo. Manuela tenía nueve años cuando Pablo Escobar fue abatido por la Policía mientras huía por los tejados de Medellín. En las calles, el país celebraba el fin del hombre más temido. Para ella, fue el comienzo de un vacío imposible de llenar.

“El drama para Manuela comienza cuando el padre muere y ella no tiene manera de agarrarse a la realidad”, señalan quienes han investigado su historia. Su hermano mayor, Juan Pablo, siete años más grande, comprendía el contexto. Ella no.

La figura que le daba sentido al mundo desapareció, y con ella, el universo fantástico que la protegía del horror real.

Exilio y nuevas identidades

La huida continuó, esta vez sin el padre. Argentina se convirtió en el último refugio. Allí, la familia cambió de nombres y de historia:

  • María Victoria Henao pasó a llamarse María Isabel Santos.
  • Juan Pablo Escobar se convirtió en Sebastián Marroquín.
  • Manuela pasó a ser Juana Manuela Marroquín.

Por primera vez, parecía posible borrar el pasado. Pero el trauma viajó con ellos.

En Buenos Aires, Manuela dormía muchas noches debajo de la cama. Las manías de ocultamiento persistían. En el colegio, cuando les pidieron elegir una figura representativa del siglo XX, ella escogió a Charles Chaplin. Un compañero eligió a Pablo Escobar, “el carnicero del siglo”. Manuela escuchó en silencio.

El golpe final y la depresión

En 1999, la nueva identidad salió a la luz. La madre y el hermano fueron arrestados. Manuela, menor de edad, quedó sola. Se negó a volver al colegio.

Los intentos de ayuda psicológica fueron intermitentes. Cada vez que un terapeuta comenzaba a sospechar la verdad, la madre suspendía el tratamiento y buscaba otro profesional. El miedo a ser descubiertos seguía gobernando sus decisiones.

Mientras Sebastián reconstruyó su vida —estudió, se casó, habló públicamente del pasado— Manuela quedó atrapada en la imposibilidad de reconciliar al padre amoroso con el criminal histórico.

La hija invisible

Manuela desapareció del espacio público. No concede entrevistas, no aparece en actos familiares, no da señales. Investigadores y periodistas que convivieron con la familia relatan casas silenciosas, objetos de una presencia ausente, una sensación de tristeza permanente.

Se conoció que sufrió trastornos psicológicos severos e incluso un intento de suicidio. Durante años, estuvo distanciada de su hermano, quien le reprochaba no intentar rehacer su vida.

La reciente aparición de una fotografía suya, ya adulta y con una tímida sonrisa, reavivó el interés mundial por su paradero y su estado emocional. Para algunos, es una señal de recuperación. Para otros, apenas una imagen que no revela nada.

Como advierte Sebastián Marroquín:

“No crean todo lo que vean”.

El legado que no eligió

Manuela Escobar pasó de ser la princesa de un reino construido con dinero a la realidad del mundo.

El último misterio de Pablo Escobar no es dónde escondió su dinero, sino qué quedó en la mente y el corazón de la hija que lo adoró, cuando el mito cayó y la realidad se volvió insoportable.

 

Un cierre simbólico

La venta de La Manuela marca el cierre de una historia que atravesó el auge del narcotráfico, la violencia de los años noventa, el abandono y la administración estatal. Para el Estado, la subasta representa la posibilidad de recuperar recursos y transformar un vestigio del pasado ilegal en un activo productivo. Para la memoria colectiva, es el final de uno de los escenarios más emblemáticos del mito de Pablo Escobar, ahora desvinculado formalmente de su origen criminal.