El 3 de enero de 2026 quedará registrado en la historia latinoamericana como el día en que cayó el dictador del régimen venezolano, Nicolas Maduro.
Un día de inmensa alegría no solo para millones de familias venezolanas que durante años y años resistieron el hambre, el exilio y la persecución, sino también para los colombianos y para todos los que creemos que la libertad es condición indispensable para la paz.
Porque hay una verdad que no podemos desconocer: si Venezuela es libre, Colombia tendrá paz. O mejor aún, en términos de nuestro mártir Miguel Uribe Turbay: “En Colombia nunca habrá Paz, si en Venezuela no hay libertad”.
La captura de Nicolás Maduro marca el colapso de un régimen que convirtió al Estado venezolano en una plataforma criminal transnacional. La fiscal general de Estados Unidos confirmó que Maduro y su esposa, Cilia Flores, han sido imputados en el Distrito Sur de Nueva York por cargos graves como: conspiración narcoterrorista, conspiración para importar cocaína, posesión de armas de guerra y vínculos con organizaciones terroristas.
No se trata de acusaciones políticas, sino de procesos judiciales formales que se arrastran desde marzo de 2020 y que hoy entran en una fase decisiva.
Para Colombia, este hecho representa una oportunidad histórica. Durante años, el régimen de Maduro fue el principal protector y aliado de estructuras criminales que desangran nuestro Pais. Disidencias de las FARC, ELN, carteles del narcotráfico y bandas armadas encontraron refugio, entrenamiento, financiación y protección del otro lado de la frontera. El llamado “Cartel de los Soles”, según las acusaciones judiciales, convirtió el narcotráfico en una herramienta política del régimen. ¿El resultado? Más cocaína, más violencia, más desplazamiento y más muerte en territorio Colombiano.
La frontera colombo-venezolana no fue solo una línea geográfica: fue durante años un corredor de impunidad. Desde allí se planearon atentados, se protegieron cabecillas y se financió la guerra irregular que hoy golpea con fuerza regiones como el Catatumbo en Norte de Santander, Arauca y que incluso se extienden hasta el Departamento del Cauca. Por eso, la captura de Maduro no es una noticia ajena ni distante: es un golpe directo a las economías ilegales que alimentan el conflicto armado en Colombia.
El traslado de Maduro a Estados Unidos implica algo más que simbólico: ya no será tratado con los privilegios de un jefe de Estado, sino como el imputado que en breve será acusado penalmente ante una corte federal en los Estados Unidos. Es el mensaje más claro de que el poder no garantiza impunidad eterna y de que los regímenes que se sostienen sobre el crimen, terminan rindiendo cuentas. Sin embargo, sería ingenuo pensar que con esta captura todo está resuelto.
El cinco (5) de enero de 2026 está prevista la instalación de la Asamblea Nacional venezolana y el inicio de un nuevo período legislativo dominado aún por el aparato del régimen. Esto nos recuerda que la caída de Maduro es apenas la punta del iceberg. Durante años, el chavismo cooptó todos los poderes del Estado: justicia, fiscalía, fuerzas militares y entidades públicas fueron atornilladas al poder en respaldo del régimen. Desmontar esa estructura tomará tiempo, presión internacional y, sobre todo, voluntad democrática del pueblo venezolano.
Por otro lado, sin sorpresa, la reacción de Gustavo Petro, ha sido reveladora. El presidente Colombiano convocó un consejo de seguridad nacional, ordenando el despliegue de la fuerza pública en la frontera y activó la capacidad asistencial del Estado ante una eventual entrada masiva de refugiados. Anunció además gestiones diplomáticas en el Consejo de Seguridad de la ONU, reiteró el rechazo a cualquier agresión contra la soberanía venezolana, y avanzó en la justificación de otra posible declaratoria de emergencia económica, social y ecológica.
No solo se ha mostrado contrariado por la decisión de Trump, sino que además nunca antes lo habíamos visto actuando con sentido de urgencia cuando los ataques se dirigen contra familias Colombianas, como si lo ha hecho en esta oportunidad convocando consejos de seguridad para extraordinarios a la madrugada. En el Cauca, precisamente una de las zonas más afectadas por grupos armados con vínculos transfronterizos, la violencia se volvió rutina. Allí, allí no hay anuncios extraordinarios, ni despliegues excepcionales, ni discursos solemnes. Hay silencio, excusas y normalización del horror.
La captura de Maduro desnuda una verdad incómoda: la seguridad sí importa cuando el impacto es internacional, pero parece secundaria cuando el dolor es interno. Y aun así, este momento debe aprovecharse. Colombia tiene ante sí, a posibilidad de recuperar control territorial, debilitar a los grupos armados y exigir cooperación real contra el narcotráfico y el terrorismo. La caída del dictador venezolano no es motivo de revancha, sino de esperanza.
Esperanza de que la frontera deje de ser santuario del crimen, de que la paz deje de ser un eslogan vacío y de que la libertad vuelva a ser el eje de la política regional. Porque cuando Venezuela deje de ser un refugio del narcoterrorismo, Colombia tendrá por fin una oportunidad real de recuperar la seguridad y vivir en paz. Para quienes éramos seguidores de Miguel Uribe Turbay, este hecho resulta más que significativo, pues no tenemos dudas, que desde el vecino país se dio la orden de su asesinato, bajo la mirada complaciente de quienes empiezan a caer.


