A la salida se fue con unas amigas a comer en la calle 170 con carrera octava y luego se salieron a tomarse unas cervezas para celebrar los buenos resultados académicos. “Le pedí el celular a una amiga para llamarlo y avisarle y le dije que podía ir. Él llegó como a las 5 de la tarde y a las 7:30 nos fuimos a la casa de una compañera y su familia”.
Eran las 10 de la noche cuando, de un momento a otro, Santiago le dice: “Nos vamos ya y punto”. Leily cuenta que no la dejó despedir de nadie. Tomaron un taxi rumbo a su residencia. Allí le comenzó a decir que si estaba muy feliz con sus amigos. “Yo le decía que sí y él me repetía con ironía que nos devolviéramos”.
Pese a todo ella intentaba calmarlo y le dijo que fueran a comer algo en el barrio. “Lo único que había abierto era un Caldo Parado, pero él seguía con sus amenazas. Luego me jaló el cabello de manera disimulada y le reclamé que no me pegara”.
Pese a esto, en el 2018, esta mujer –dice– fue revictimizada. “Cuando ya pensaba que me iba a mejorar de todos los daños físicos y psicológicos, del estrés postraumático, del miedo y la ansiedad que me ha acompañado, me imputaron cargos por violencia intrafamiliar. Su mamá declaró a favor de él, obvio, mintiendo. Dijo que su hijo no había denunciado porque le daba pena por ser hombre”. El juez dio sentido de fallo condenatorio el 27 de octubre este año y leyó la sentencia a cuatro años de prisión


