La elección legislativa del 8 de marzo dejó una de las escenas más disruptivas del nuevo mapa político colombiano: la llegada de Amaranta Hank al Senado por la lista del Pacto Histórico. Su nombre, que durante años circuló en los márgenes de la conversación política tradicional y en el centro de debates culturales sobre sexualidad, estigma y libertad, terminó convertido en una de las novedades más comentadas del Congreso que se instalará el próximo 20 de julio.
La curul de Hank se produjo en una jornada favorable para el oficialismo. En una primera fotografía de la noche electoral, con el 89 % de las mesas escrutadas, el Pacto Histórico aparecía con 4.295.842 votos, equivalentes al 22,84 % de la votación al Senado. Horas después, en el preconteo con 99,56 % de las mesas informadas, la cifra subió a 4.413.636 votos, con una proyección de 25 curules, consolidando al Pacto como la mayor fuerza de la cámara alta. El dato es importante porque muestra que la elección de Hank quedó inscrita en una jornada de expansión electoral de la izquierda, pero también que los balances cambiaron a medida que avanzó el conteo.
Dentro de esa lista cerrada, la elección de Deyci Alejandra Omaña —conocida como Amaranta Hank— se leyó de inmediato como algo más que una victoria individual. Fue, para sus simpatizantes, una señal de apertura hacia biografías antes excluidas del poder institucional; para sus críticos, una muestra del giro cultural de la representación política.
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La propia Hank reaccionó con rapidez cuando se confirmó el resultado. Primero escribió en X una frase breve: “Lo logramos”. Luego, al responder a una seguidora, dejó una declaración que terminó condensando el tono de su victoria: “Gracias infinitas me siento abrazada por las mías. La nuestra va a ser una participación disruptiva, necesaria y disciplinada”. La frase no solo marcó el registro emocional del triunfo, sino que proyectó la línea narrativa con la que parece querer entrar al Capitolio: representación desde la incomodidad, la diferencia y la disciplina política.
La elección de Amaranta Hank no se entiende solo por el efecto mediático de su pasado, sino también por la forma en que ella misma convirtió esa trayectoria en plataforma política. En distintos mensajes públicos, la ahora senadora electa ha rechazado tratar su paso por la industria para adultos como una mancha que deba borrar para volverse aceptable ante la opinión pública.
Hank en TikTok formuló una de las preguntas que mejor resumen su discurso: “¿Por qué una mujer que estuvo en la industria para adultos no puede aspirar a un cargo de elección popular? ¿Quién decidió que nuestra voz no vale?”.
Hank también defendió el lugar económico y social de las mujeres vinculadas al trabajo sexual y al entretenimiento para adultos. En sus palabras, estas mujeres “aportan al PIB del país, sostienen economías populares, generan empleo y, sobre todo, mantienen a sus familias”. Esa idea aparece como una pieza central de su discurso: la reivindicación de un sector social históricamente consumido, estigmatizado y escasamente reconocido por el poder formal.
Más allá del tono reivindicativo, la nueva congresista ha querido instalar una tesis política de fondo: que el conocimiento producido en trayectorias de exclusión también es conocimiento público valioso. Por eso sostuvo que su paso por la industria sexual fue “conocimiento puro sobre desigualdad y violencia estructural, pero también de resiliencia, libertad e incluso placer. Y todo eso es político”.
En esa misma línea, la hoy senadora electa fue más allá de la defensa personal y encuadró su candidatura como una disputa por dignidad y voz colectiva. “Yo no reniego de mi pasado ni pienso que fue un error lo que hice ni quiero acabar con la industria. La industria fue el punto de inicio de mi activismo y el punto de partida de mi lucha”, afirmó.
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En términos políticos, su elección se suma a un fenómeno más amplio: la llegada de perfiles no tradicionales al Congreso. El Pacto Histórico, mezcló en su lista cerrada militantes, activistas, figuras conocidas en redes y dirigentes de procedencias diversas. Ese diseño permitió que el aumento de la votación de la colectividad se tradujera no solo en más curules, sino en una bancada heterogénea, en la que conviven liderazgos clásicos de izquierda con nuevos perfiles mediáticos y digitales.
La elección de Amaranta Hank es, por eso, una de las curiosidades más visibles de este nuevo Congreso, pero no la única. Esa tensión anticipa que su presencia en el Senado no pasará inadvertida ni en los debates legislativos ni en la disputa cultural que acompaña hoy a la política.
También revela un cambio de época. Durante décadas, el Congreso colombiano estuvo dominado por apellidos heredados, dirigentes de maquinaria, abogados de partido o políticos curtidos en burocracia territorial. Las elecciones de 2026 no desmontaron ese modelo, pero sí abrieron grietas visibles: junto a esos clanes y estructuras, emergieron figuras con capital construido en redes, activismos de nicho y biografías impensables para el libreto clásico de la representación. )
Amaranta Hank llega así al Senado no como una rareza aislada, sino como parte de un reacomodo más amplio en la política colombiana. Su curul resume una pregunta que este Congreso tendrá que responder en los hechos: si las instituciones están preparadas para procesar voces nacidas fuera de sus códigos tradicionales o si, por el contrario, reaccionarán con los mismos mecanismos de estigmatización que esas voces vienen denunciando.
Walter Rodríguez, conocido en redes como Wally, forma parte de esa nueva camada que convirtió presencia digital en representación formal. Su caso es el del activista ideológico que construyó una audiencia desde la defensa frontal del proyecto petrista y que ahora traslada ese capital simbólico al Senado. Su elección confirma que, al menos en el Pacto Histórico, la militancia digital dejó de ser apenas amplificación propagandística para convertirse en una cantera de dirigentes.
En la Cámara por Bogotá, Laura Daniela Beltrán, “Lalis”, y Daniel Mauricio Monroy expresan otra variante del mismo fenómeno: la del influenciador o activista que logró convertir pedagogía política, opinión constante y conexión con audiencias jóvenes en una opción electoral real. Su llegada refuerza la idea de que las redes sociales ya no son solo vitrina de posicionamiento, sino terreno de construcción de liderazgo y de identidad política.
En Antioquia, Hernán Muriel Pérez, “Cofradía para el cambio”, mostró que este tránsito de las redes al poder no es exclusivo de Bogotá ni de figuras nacionales. Su ascenso revela la fuerza de comunidades digitales regionales que lograron traducirse en votos efectivos. Y en el Senado, Luis Carlos Rúa Sánchez, “Elefante Blanco”, aportó una versión distinta del influenciador: menos ligada al entretenimiento o a la ideología explícita y más asociada a la denuncia ciudadana y al seguimiento de obras públicas inconclusas.
La reelección de J. P. Hernández termina de completar ese retrato. Aunque no es un recién llegado, sí es uno de los antecedentes más claros de este tránsito de la audiencia digital al Congreso. Su permanencia demuestra que el fenómeno ya no es experimental. El nuevo Legislativo colombiano tendrá, junto a clanes tradicionales y cuadros partidistas de vieja data, una franja cada vez más visible de congresistas nacidos en el ecosistema digital. Amaranta Hank, con toda la carga simbólica de su elección, es quizá la expresión más disruptiva de ese cambio.


